Instituto Salud y Saber,Inc

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Por una agricultura ambientalista

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Por Lic Carlos Rafael Dieguez. Investigador ambientalista

Estos apuntes son de un libro escritos por un amante del medio ambiente, Jose Antonio Casimiro, en su libro  Con la familia  en la finca agroecológica,  un campesino de referencia mundial por el uso de las técnicas agroecológicas y de la permacultura

Agroecología

La agroecología es una forma de convivir con la naturaleza, en armonía con ella, sirviéndonos sin perjudicarla, imitándola; es la forma de hacer agricultura para toda la vida, de obtener beneficios sin perjudicar a nada ni a nadie.

Se pueden producir alimentos de diferentes formas, con químicos, con materia orgánica importada de otros sitios sin contribuir en nada con la biodiversidad, contaminando, degradando e incluso obteniendo altas producciones que aportan ganancias pírricas; pero cuando se observa en el tiempo se ve que esas altas producciones han sido a costa de malgastar en unos pocos años lo acumulado por la naturaleza para todos durante siglos, creando un vacío ideal que después ocuparán las plagas, la improductividad y el desaliento.

La agroecología puede generar la vida desde dentro, la materia orgánica del suelo, la energía, los fertilizantes, poniéndolo todo bonito y produciendo de todo: alegría, esperanza, oxígeno, respeto, vergüenza. Es la forma constitucional natural de obtener los alimentos desde nuestras realidades todas.

Sobre la candela

Los hombres han llegado a poseer cada uno un poder tal de agresión al medio ambiente que prácticamente hasta los mejores ciudadanos pueden ser armas de destrucción masiva. Una simple colilla de cigarro lanzada desde un auto o una chispa de un escape malo puede exterminar el trabajo de cientos de personas durante años plantando bosques, o el pasto de miles de reces en el momento que más lo necesitan. Esto parece irremediable. Ya vemos como normal los mismos incendios un año tras el otro.

No se está causando degradación solo por hacer mal la agricultura, sino por no estar junto a la tierra quien la cultiva. La familia en la finca se convierte, además, en un cuerpo de protección contra incendios, en un guardián del ecosistema. Cuando la candela llega a esas fincas vemos cómo se extingue por arte de magia. Los árboles que se siembran en las autopistas todos los años se queman; sin embargo, frente a las fincas donde viven familias crecen como si nada y nunca en esos lugares la candela hace daño, porque puede ser detectada desde el primer humito, cuando con el pie se resuelve lo que más tarde no podría lograr ni el mejor cuerpo de bomberos.

La lucidez de la agroecología

No se puede ver la agroecología con el mismo encuadre de la agricultura convencional, porque parece algo chiquito, no luce desde los caminos o la carretera, no tiene fachada, no se pinta ni se perfuma. Hay que verla por dentro. Desde allí se presenta como es, con tremenda autoestima. Es necesario caminar la finca, de tiempo en tiempo, para ver la transformación, porque lo grande lo posee interiormente un año tras el otro. Desde un inicio superan cualquier economía agraria en el ahorro de recursos, en la no ostentación de fuerza y en la sencillez de los métodos, aliados con la naturaleza y no en contra de ella.

El aburrimiento, que tanto le cuesta al mundo, huye de estas fincas; allí se desilusiona porque no se le da valor: nadie se preocupa por él.

La finca agroecológica puede llegar a ser abarcada por la vista solo en toma aérea. Cada porción de tierra tiene que ser acuartonada según el grado de la pendiente, incluso aunque fuera un plato, con cercas vivas que casi impidan ver desde un cuartón al otro. Esto es obligatorio para cerrarle el paso al viento, a los ciclones, al exceso de lluvia y a la sequía, y crearle un espacio a la naturaleza entre lo que cultivamos para que aniden los pajaritos y críen los pichones: sin ellos en la finca sería una plaga segura cualquier mariposita.

En esas cercas nunca compactaremos y por ahí el agua penetrará fácilmente. Con el acuartonamiento compacto (a mí me ha ido muy bien con la piña de ratón), los errores de siempre o la mala suerte son mucho menos costosos porque ni el polvo se nos puede ir, ni un grano de materia orgánica, y aunque cultivemos en monocultivo siempre será policultivo a los ojos de la naturaleza, porque esas cercas nos rodean de un bien inimaginable. Quien se detenga a observar una pareja de sinsontes o de mayitos criando sus pichones en una de estas cercas al lado de un campo de maíz, ya verá dónde estriba el milagro.

Estas son leyes naturales que debemos cumplir sin miramientos para nunca tener plagas.

Al agricultor hay que irlo a ver donde se encuentre; desde afuera no puede verse. Esto debe ser una constante: una parte para el hombre, dejándole algo a la naturaleza entre un campo y el otro.

La velocidad y el apuro

De lo más grave que sucede con la agricultura es que por la alta velocidad y el apuro se violan las leyes naturales. No se tienen en cuenta nada más que los quintales o las cajas que se podrían recoger en el menor tiempo posible a cualquier costo, incluso el de perder anualmente veinte quintales de materia orgánica por cada quintal de alimento, por la compactación, por no tener barreras y por la contaminación de las tierras, el manto freático y los ríos. La evaluación de la agricultura sostenible, como regla número uno, radica en la garantía y con razonamientos fundamentales de que lo primerísimo de todo, antes que nada, es el suelo, luego su protección y su mejoramiento, y después nuestros excedentes.

La tesis del porcentaje

La agricultura convencional está a 90% de su potencia, casi al límite. No queda espacio para ponerle todo lo que lleva, porque con 10% de reserva no se puede enfrentar con fuerza el rigor que impone un clima como el nuestro.

El motor que mueve la agroecología debe trabajar solo a 10% de sus posibilidades, por el rigor del camino por donde transita, por los obstáculos que debe vencer, porque en ese camino no pueden haber derrotas ni retrocesos. Es muy riesgoso, por lo que 90% de la potencia restante del motor debe reservarse, aunque no se necesite por mucho tiempo, para cuando llegue el momento. Es como invertir en asegurar lo logrado bajo cualquier circunstancia. Esa es la sostenibilidad real única que puede garantizar que lo que se logre siempre pueda ser mejorado.

Las posibilidades reales de éxito de la agricultura convencional son de 10%; y las de la agricultura para siempre, de 90%. La primera es un árbol muy hermoso, inmenso, que se desarrolló dentro de la abundancia absoluta. No tuvo nunca que esforzarse ni gastar en raíces ni aseguramiento. La otra agricultura es como un árbol bastante común, parece uno cualquiera, pero todo lo que invierte en raíces llega al manto freático y a lugares donde nadie puede tomar alimentos. Entonces hoy, cuando se avecina la tormenta, todos celebran lo que hace, y se mira al otro árbol con pena. Como dice el refrán, grande por gusto, porque con el cambio climático si no lo tumba el viento lo matará la deshidratación.

Lo bonito no lo es tanto

Parecen bonitas esas grandes extensiones de una sola cosa, donde las máquinas no tienen ni que dar para atrás. Sin embargo, en ellas molesta cualquier árbol y molestan las guardarrayas, que luego hacen que se vean feas. Hasta se cree que las guardarrayas son malas, porque entre las hierbas que salen en ellas puede haber algún bichito, y con el caldo de cultivo creado se convierten en plagas de hoy para mañana.

Aquí los tractores se sienten a sus anchas, mientras que el boyero con su yunta de bueyes siente que lo van a aplastar. No ve lo que hace, no sabe cuándo se acaba el surco y psicológicamente es un problema. A esto se suma la atención que hay que darle a esos animales los fines de semana y los días festivos para que mantengan el vigor y la salud. Me confirman que en las grandes extensiones su diseño está bien definido, además de los químicos y las maquinarias, hasta que se pueda, con mejores prácticas o algunas que siempre se pueden hacer, pero imposible la sostenibilidad ciento por ciento.

El diseño del buey

Como estoy dando la versión desde mi punto de vista sobre lo que creo que debe ser mejor, digo que no se puede presentar al buey dentro de un cañaveral, que se siembra con tractores y se fumiga con avión, como algo que nos va a ahorrar combustible.

Lo que cuesta adquirir bueyes y mantenerlos, comparado con la cantidad de animales que hay que tener para sustituir un tractor o con lo que éste gasta, viene siendo como andar descalzos para ahorrar zapatos.

El buey está diseñado para trabajar a plenitud viviendo con seguridad y bien cuidado al lado del agricultor, que vive con él en una pequeña finca llena de cuartones y cercas que humillan al tractor y lo hacen sentirse insignificante porque le es prácticamente imposible desenvolverse.

El tractor funciona en la agricultura donde todo es de lo mismo, lo mucho de una sola cosa es la regla; la tracción animal, para donde lo mucho es obtenido por la cantidad de poquitos que conforman el todo.

Se necesita saber mucho

La agricultura convencional de grandes extensiones está prácticamente diseñada contra el medio ambiente. Se puede hacer algo, pero es invisible al lado de todo lo que agrede, porque se sustenta sobre la base de la abundancia, de los excesos, de lo que antes había acumulado en esos suelos durante millones de años, hasta que se acabe.

Cuando la conciencia llegue allá y se valoren los resultados de la producción en base a costo y todo, incluyendo como costo lo que se compromete con la tierra que se va, la compactación, la contaminación, el incremento de plagas y enfermedades junto a la decadencia de la cultura agrícola tradicional, veremos que la agricultura convencional está pagando el centavo a peso, y la agroecológica que proponemos puede llegar a pagar el peso a centavo, e incluso recuperar, todavía, el mal causado por el convencionalismo agrícola.

Esto es lo lindo: la deuda que dejarán la maquinaria y los químicos solamente la podrá pagar la agricultura agroecológica. La contrapartida de la fuerza con que la agricultura convencional llegó a imperar como idea suprema en la producción de alimentos será, o tendrá que ser, la altísima eficiencia al detalle que puede ofrecer la agroecología hecha por familias cultas al lado de la ciencia y la técnica; se necesitan conocimientos profundos de cada porción de tierra bajo nuestra responsabilidad, tanto como seríamos capaces de conocer a nuestros hijos y para eso hay que amarla como a ellos; la sostenibilidad agrícola se convierte en una armonía muy consistente entre la finca y la familia, es vulnerable luego a extremos cuando ya se ha creado la sincronía general, tanto que el daño que podría causar una sola chiva suelta a su libre albedrío no será ni medianamente comparable, como polo opuesto, al sacrificio de la más productiva de las familias por equilibrar el ecosistema. Se cree con mucha fuerza y de buena fe por agricultores contagiados con el deslumbramiento agroquímico mecanizado que lo duro, lo meritorio, lo máximo son las altas producciones a toda costa y así queda a la fuerza, a la superabundancia, todo por su cuenta. No se puede arriesgar un gramo de tierra a que se nos vaya de la finca con el viento y las lluvias, ni por las producciones más decorosas de todas, si no tenemos asegurado a lo máximo que no suceda; es por eso que debe poseer también precio el costo ecológico de lo producido en cuanto a cuánto se protegió el suelo, cuánto se contaminó, y restar luego a las grandes cosechas de una sola cosa, y reflexionar.

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Autor: instituto salud y saber.inc

Antonio Armas Vazquez. Doctor en Filosofia (Cuba 1990) Especialista en Terapias Naturales (EEUU. 2000) Presidente del Instituto Salud y Saber,Inc

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